Teódulo Legario ¡El Puma Negro!
Le decían el "Puma Negro" por sus atajadas espectaculares, llenas de agresividad y arrojo.
Alto, corpulento, musculoso, de brazos y piernas duras como el acero, su físico era impresionante.
Algunas veces fue boxeador. Y llegó a obtener el primer título de campeón de un torneo Interbarrios.
Hizo diez peleas. Hasta que una noche otro gigante como él lo lanzó a la lona, después de castigarlo hasta el cansancio.
Esa noche el box perdió a un mocetón fuerte como una roca, pero el fútbol ganó a un nuevo valor que por muchos años sería el sinónimo de la espectacularidad.
Porque esa misma noche Teódulo Legario tiró los guantes al canasto y dijo, colericamente: "¡El box se va al diablo!".
En sus años infantiles, Legario había compartido el box con el fútbol.
En las canchas pedregosas del Rímac había sido un lento pero batallador interior derecho.
Y cuando esa paliza lo obligó a dejar los rings de box, Legario se acordó del fútbol y fue hacia él.
Al día siguiente se encaminó al club de su infancia: "El Águila Negra" y llegó en los precisos momentos en que iba a comenzar el match.
Faltaba el arquero y Legario fue instado a cubrir la vacante.
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| Teódulo Legario. Fuente: Correo. |
El negro rimense aceptó. Y esa tarde realizó tales a tajadas que desde entonces, hasta el año 1956, no dejaría de cubrir el arco con su vigorosa estampa.
Legario tiene ahora 45 años de edad, se ha retirado definitivamente de las canchas de fútbol, aunque no de los Estadios.
Desde hace diez años trabaja en la Aduana del Callao.
Su puesto es el de Teniente del Departamento de Aduana.
Con su uniforme beige, gorra y corbata negra, se mantiene vigilante, como cuando esperaba Ia incursión de algún delantero para lanzarse a sus pies.
Desde las 7 de la mañana, Legario cuida el ingreso de Ia carga, con el mismo celo con que cuidaba antes la portería del Alianza Lima.
A los 45 años de edad, después de un duro trajinar por las canchas, se mantiene recio.
Mide 1.84 metros y pesa 118 kilos. Es siempre bonachón y alegre.
"Estoy económicamente bien. No me puedo quejar", dice mientras devora dos vasos de helados.
Legario ha vendido su viejo carro y está a punto de adquirir uno nuevo, último modelo.
Casado hace 15 años, tiene un hijo que lleva su nombre.
En 1956 se alejó de las canchas: "Desde entonces no he vuelto a jugar fútbol" afirma con su voz de trueno.
Sin embargo, nunca ha dejado de ir al Estadio cuando juega el Alianza Lima, el club al que sirvió con lealtad de soldado.
Fue en el Alianza Lima donde Legario adquirió fama, aunque no dinero.
Comenzó jugando en la reserva del cuadro victoriano y terminó allí también.
De su larga campaña, sólo dos años (1953-1955) no vistió la casaquilla aliancista. En ese lapso defendió la portería del Unión Callao.
El primer partido que jugó con el primer equipo del Alianza Lima fue contra Universitario de Deportes.
"Los nervios me dominaban. Yo sabía que ese era el partido decisivo. Se jugaba el Clásico. Y los hinchas estaban pendientes de mi actuación" cuenta. Legario realizó buenas atajadas.
Pero lo que más Impresionó fue su estilo espectacular y agresivo. Durante el match se lanzó de palo a palo, se tiró a los pies de los atacantes, despejó con los puños, mientras recogía las piernas al nivel de las rodillas...
Jugó tan bien que desde entonces, Legario se turnó el titularato con otro gran arquero: Eugenio Arenaza.
Pero el mejor encuentro que brindó Legario fue contra Botafogo, el extraordinario cuadro brasileño.
Era su debut internacional. Y el negro que nació en pleno corazón de Malambo, tuvo su tarde de triunfo.
Atajó de todo, con valentía y decisión. Alianza ganó el match por dos goles contra uno.
Al final del partido, el público ovacionó de pie a Legario. Y este, exigido por la muchedumbre, tuvo que dar la "vuelta olímpica".
"Fue el mejor partido de mi vida. Hasta ahora oigo el eco de los aplausos" dice.
Legario afirma que fue Juan Valdivieso el que pulió sus condiciones para arquero.
"Cuando llegué a Alianza Lima era un diamante en bruto. Valdivieso me enseñó cómo agarrar una pelota hasta como saltar en pos de ella”.
Legario se convirtió en el golero de moda.
Sus atajadas espectaculares, vistosas y arriesgadas lo colocaron en la primera línea de la popularidad.
Sin embargo, nunca llegó a jugar por una selección nacional.
En los años 1915 y 1916 fue llamado para formar la preselección peruana de fútbol.
Pero el Perú no llegó a intervenir en los torneos sudamericanos que se realizaron en dichos años.
Chile fue el único país al que Legario viajó formando parte de un plantel futbolístico. Fue el año 1946. Legario fue guardando la valla del Alianza Lima, Y en Chile sus espectaculares "voladas" causaron sensación.
La buena estrella de Legario se apagó, sin embargo, poco tiempo después.
Alianza Lima jugaba contra Ciclista Lima. Legario, como siempre, cuidaba la portería de su cuadro. El match se disputaba con ardor.
De pronto, Pacheco, el puntero derecho del Ciclista se filtró entre las defensas y se enfrentó a Legario.
El guardavalla decidió lanzarse a los pies del delantero. Y lo hizo, pero de una manera defectuosa. Legarlo se resbaló y al caer, su tobillo quedó roto en tres partes.
Legario salió en cas milla rumbo al Hospital Italiano. Allí quedó internado durante 15 días.
Al abandonar el nosocomio los médicos le dijeron rotundamente: "Tiene que dejar el fútbol, por lo menos dos años".
Así fue. Legario no pisó una cancha de fútbol sino al cabo de esos dos años de inactividad forzosa
Volvió a las canchas vistiendo la chompa del Alianza Lima.
Pero retornó disminuido. Ya no era el arquero seguro de sí mismo. Mantenía siempre la espectacularidad, pero había perdido el arrojo y la decisión.
Legario mismo se dió cuenta de esa merma de facultades.
En 1953 fue cedido a Unión Callao en calidad de préstamo. Luego de una irregular actuación retornó al Alianza Lima.
Tres años después el propio Legario decidió abandonar definitivamente el fútbol.
Durante 15 años había defendido la divisa blanquiazul del popular cuadro victoriano.
Vestido con chompa y pantalón negro, alto y dotado de singular recledumbre, fue siempre la "pantera negra" de las canchas,
Golpe de vista, valentía, espectacularidad y empeño eran sus virtudes.
Legario recuerda aquellos años en que hacía vibrar a las multitudes.
"¡Qué lindas tardes pasé en el Estadio...!" afirma, ahora.
*Castillo, Humberto (21 de febrero de 1966). Teódulo Legario, El Puma Negro. Correo, 11.



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