Jaime Duarte. Mi sangre no es roja… es blanquiazul

Mi nombre de pila es Jaime. Duarte Huerta, mis apellidos. Nací entre gritos y bendiciones el 27 de febrero de 1956, en el chalet 33-F de la tercera Unidad Vecinal. Aquel alegre y bullicioso complejo habitacional que separa con sus estructuras a Lima de la Provincia Constitucional del Callao.

Soy el tercero de los hijos del matrimonio conformado por Orlando Duarte y Doris Huerta. Seres divinos a quienes adoro y adoraré eternamente por el gran cariño y enorme comprensión que siempre me brindaron. Aparte de mis viejos, mi familia la componen cinco hermanos. Doris que es la mayor, Juan, que me antecede, Gladys, Javier y Ricardo.

El día de mi advenimiento, el nerviosismo fue el común denominador que reinó entre todos los ocupantes de la casa donde nací. Mis abuelos, que en ese entonces poseían 26 años menos que hoy, no cabían por la felicidad. Esta la ocultaban artísticamente, con el nerviosismo de toda su figura. Mi padre consumía cigarro tras cigarro acariciando paralelamente su pelada nuca. Estos pasajes prenatales los conozco por boca de mi madre. A pesar de ser ella la parturienta, veía disipar sus dolores con el poco común comportamiento de los presentes. En fin... momentos clásicos que preceden a todo natalicio…

Mi infancia la pase, en su integridad, viviendo en la casa de mis abuelos. Ellos eran dueños de la propiedad. Residí en ella conjuntamente con el resto de mis familiares durante doce años consecutivos. Mi padre se desempeñaba en aquel entonces como médico veterinario. Profesión con la cual podía mantenernos, si no holgadamente, al menos en forma regular. Por ese entonces, la preocupación por los animales no eran tan grande como hoy, y este fenómeno afectaba directamente la labor de mi progenitor.

Los recuerdos más lúcidos que poseo, se remontan a 1962 año en que asistí por primera vez a la escuela. Mis abuelos eran dueños de una zapatería que les brindaba buenos ingresos diarios, Ellos colaboraron con mi padre en los gastos escolares.

La educación primaria la cursé en el colegio particular "Santo Tomás de Aquino". Es una escuela sin muchos atributos y comodidades que digamos. Este centro escolar era conducido por religiosos, en su mayoría, por lo cual las palomilladas infantiles, evidentemente, no estaban permitidas. La carencia de espacio para practicar deportes me incomodaba. Yo siempre he sentido gran interés por las actividades de este campo.

Jaime Duarte.

La relativa incomodidad que, experimentaba en el "Santo Tomás", desaparecía cuando divisaba diariamente, desde lejos, los amplios jardines.

Las canchas de fulbito descansaban, en tiempo de colegio, silenciosamente, en el barrio, como si estuviesen esperando a los muchachos el retorno de estudiar. ¡Qué tiempos aquellos!... La imagen del barrio esperando mi llegada; jamás la podré olvidar.

Sólo me bastaba media hora para almorzar y quince minutos de reposo. Las canchas no podían esperar más y mis deseos de "chivatear", tampoco. Luego del tiempo señalado, salía como una bala de mi casa en busca de todos los "patas" del sector. En algunas oportunidades llegaba constituir grupos de quince ó 20 amigos. Los hermanos Zevallos eran los primeros en salir después de mí. Manuel y Miguel se llaman aunque más los conocían como los "demonios" Zevallos por lo tremendamente traviesos que siempre resultaban. Participaban también en nuestras diarias aventuras el "Chato" Villena. Mañuco Cueva, Alfonso Gonzales, los "Triqui-Traca" hermanos García y, en fin, muchos más. Con ellos comenzaba jugando la tradicional pega-pega y terminaba disputando sendos campeonatos incansables de fulbito.

Percy Rojas, cuando yo estudiaba aún primaria, jugaba también con los muchachos de su edad. Utilizaban las canchas aledañas a las que usábamos nosotros. El es mayor que yo. En aquel entonces ya pertenecía a un equipo del sector, integrado por los quinceañeros del barrio. Recuerdo que en varias oportunidades fui prisionero de sus habilidades. Diez, quince y hasta 20 minutos lo observaba jugar y recopilaba mentalmente todas sus jugadas para ejecutarlas después.

El primer equipo que integré se llamó "Atlético Latino". Este cuadro estaba formado por los "Demonios" Zevallos, los "Triqui-Traca" García, los morenos Cueva, que eran sobrinos de Rafael "Cholo" Castillo. También estaban el "Chato" Villena y Alfonso Gonzales entre otros... Lo único oficial que tenían este plantel era las camisetas, que nos habían costado un ojo de la cara. El color de las casaquillas era azul y granate, muy similar a las del Barcelona de España.

Jorge Cueva Castillo era muy buen amigo mío, uno de los mejores "patas" de ese entonces. Vivíamos cerca e integrábamos el mismo cuadro. Un día, sorpresivamente me presentó al "Cholo" Castillo, su tío que ya se desempeñaba como conductor de las filas inferiores del cuadro aliancista. Dos días después, el técnico me vio jugar y antes que terminase el partido me llamó a un costado del campo para invitarme al elenco victoriano.

Sólo tenía nueve años y sin pensarlo dos veces acepté. En aquellos tiempos era diferente. Las divisiones inferiores de los cuadros grandes no realizaban entrenamientos constantes como ahora. Sólo se preparaban con uno o dos días de anticipación a cada encuentro. Más, aún, Alianza carecía de estadio, por lo que le era imposible entrenar con regularidad. A la semana de recibida la invitación sucedió algo especial. El "Napoli" equipo italiano que tenía en sus filas al "Conejo" Benítez llegó a Lima para jugar contra Universitario de Deportes. Este encuentro internacional requería de un preliminar. Ante tal situación, el club "merengue" dispuso a su equipo calichín para que disputase con el aliancista el referido partido. Fue algo increíble. Tenía apenas algunos días en Alianza y ya iba a jugar en el Estadio Nacional, contando con gran número de espectadores y vistiendo uniforme completo incluyendo un par de chimpunes de verdad.

La noche del partido asistí al coloso de José Díaz con permiso de mi madre y de los abuelos, que representaban a mi padre, que en aquel tiempo se encontraba radicando en Italia. El viejo seguía estudios de modelaje de calzado. Por ello, mis familiares, luego de recomendarme un sin fin de cosas, me aprovisionaron con el dinero que necesitaba para trasladarme al escenario del encuentro.

Aquel día, ya en el Estadio, con el resto de los integrantes del equipo, salía al gramado donde se encontraba con algunos minutos anterioridad de nuestro rival. Luego del tradicional cambio de banderines y los saludos del caso, arrancó el partido.

A pesar de ser el primero que jugaba con el elenco aliancista, me desempeñé bastante bien. El encuentro lo jugué como zaguero central, disputándolos intensamente con los delanteros rivales. No hubo ni un sólo instante de tregua.

Los cremas se defendieron como leones enfurecidos porque simplemente no podían perder, menos aún, ese día que debían dar el ejemplo al cuadro de mayores. Sin embargo, por más esfuerzo que hicieron, no pudieron con nuestra mejor técnica futbolística y cayeron derrotados por un tanto a cero.

Luego de ese encuentro quedé vinculado oficialmente al cuadro íntimo de La Victoria. Milité en los calichines del Alianza hasta que ingresé al primero de secundaria en la Gran Unidad Escolar Bartolomé Herrera. Para ese entonces contaba con catorce años de edad y cinco años de militancia en el club. Por aquellos tiempos se acostumbraba a jugar campeonatos interescolares, así que fui convocado por mi desarrollo físico a la selección del plantel. En ese certamen luego de una campaña casi invicta, campeonamos y recibimos como premio un viaje a México, corría el año de 1970 y el mundial disputado en ese país no hacía mucho que había concluido. Durante nuestra permanencia en México, visitamos las instalaciones de los principales escenarios que habían sido utilizados en el campeonato mundial y jugamos un par de encuentros amistosos con el seleccionado juvenil del país del norte en el Estadio de la Universidad Autónoma. Esta excursión me sirvió bastante ya que me permitió tener un panorama más amplio de lo que realmente era el fútbol y conocer en carne propia la sensación que se experimenta al abandonar la familia por practicarlo. 

Después de mi participación en la ciudad azteca, continúe sembrando raíces en el equipo de mis amores. En los infantiles estuve hasta 1972, año en el que fui promovido a la reserva del elenco de mayores. El campeonato Descentralizado se encontraba en las últimas fechas y el equipo aliancista sufrió uno de los peores castigos en su historial deportivo al ser expulsado de sus filas siete de sus titulares. Javier Castillo, José Velásquez, Rafael Risco, Andrés Zegarra, Juan Rivero, y otros dos que no recuerdo, fueron los sancionados. Ante tal situación, el "Cholo" Castillo que ocasionalmente dirigía el primer equipo optó por ubicarme en el medio campo. El rival de turno era el Melgar de Arequipa y el encuentro era de sumo riesgo por ser uno de los últimos partidos definitorios. El escenario fue el Estadio Nacional en el cual cayó derrotado el elenco arequipeño por cuatro goles a uno en el primer partido oficial que jugué en mi vida profesional. Los medios informativos al día siguiente del triunfo, me pintaron como la gran revelación del certamen que estaba por expirar. Muchas fueron las frases halagadoras y las fotografías. Sin embargo, luego de ese encuentro no volví a jugar más durante ese año por Alianza.

El mismo año de mi debut en el fútbol profesional fui convocado al seleccionado nacional por segunda vez.

El año anterior ya había integrado la selección que dirigía Alberto Terry para el campeonato Bolivariano de Panamá certamen del cual salimos vencedores absolutos. La convocatoria del 74 se trataba ya no para Bolivarianos sino para el Sudamericano de Chile.

Me gusta mucho recordar este evento porque en él jugué mi mejor encuentro que fue contra el seleccionado del Ecuador. Ese partido fue disputadísimo y era uno de los primeros que jugaba con la casaquilla nacional, ya que, en los Bolivarianos anteriores estuve siempre en la banca.

Los ecuatorianos veían en mí a uno de los jugadores de menor cuidado, subestimándome descaradamente. Este error les costó muy caro porque su actitud me dio confianza y pude desempeñarme extraordinariamente en el gramado, anotando incluso el único gol con el que ganamos el encuentro.

Luego de este Sudamericano, permanecí en el Alianza como suplente de suplentes hasta el año siguiente en el que irónicamente volví a debutar en la profesional con el Melgar teniendo como escenario en esta oportunidad al flamante estadio de la institución victoriana. Ese partido lo ganamos dos a cero y alineando de volante me batí durante todo el encuentro. Marcos Calderón se encontraba en el comando técnico y el robusto estratega después de apreciar mi juego en el campo, me considero en adelante, como firme integrante del equipo.

Mis avances futbolísticos me permitieron ganarme con el tiempo el titularato en la zaga que es la zona que más domino. He sido convocado desde esa fecha hasta la actualidad para el Sudamericano del 75 que fue la primera selección de mayores que integre, las Eliminatorias del 77, el Mundial de Argentina, Sudamericano del 79, Eliminatorias para España y actualmente.

Soy un hombre feliz casado con Ana María Rivera el amor de mi vida, con quien contraje matrimonio el 31 de agosto de 1977, y soy padre de la criatura más hermosa de la tierra, Juan Alonso es su nombre y es hasta hoy el co artífice conjuntamente con mi mujer, de mi alegría y ganas de vivir…

Duarte, Jaime (18 de marzo de 1982). Mi sangre no es roja… es blanquiazul. La República, 18 de marzo de 1982, pp. 28-29.

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