Rosa Falcón. Flores para la tumba del maestro Alejandro Villanueva
N. de la R.— Hoy se cumplen 22 años de la muerte de Alejandro Villanueva, el más característico y pujante valor de nuestro fútbol. Al amanecer del 11 de abril de 1944, el gran "Manguera" expiró en la Sala Santa Rosa del Hospital Dos de Mayo. Fue una muerte tranquila. El famoso negro victorlano tenía 36 años de edad cuando falleció abatido por la tuberculosis. Villanueva es considerado como el jugador más completo que ha tenido el fútbol peruano. Hábil en el manejo de la pelota, cerebral y visionario, dio lecciones de destreza, picardía y pundonor. Idolatrado por las multitudes, convertido en el más puro símbolo de nuestro fútbol, Villanueva mantiene aún un lugar preponderante en el corazón del pueblo. Su viuda, Rosa Falcón ha escrito el siguiente tierno relato sobre aspectos íntimos de la vida del gran futbolista:
Rosa Falcón, Vda. de Villanueva
¡Rosa —me llamó dramáticamente— No te vallas!
Volví airadamente la mirada y vi la muerte muy cerca de él.
Allí estaba Alejandro Villanueva, tendido en una cama del Hospital Dos de Mayo.
Su cuerpo largo y huesudo se destacaba nítidamente sobre la blancura de las sábanas.
Sudaba copiosamente y su respiración era jadeante, como si acabara de realizar un gran esfuerzo.
Una alta fiebre había transtorando su cuerpo magro y macilento.
Era el martes 10 de abril de 1944. Un tibio sol caía sobre la ciudad.
El Dr. Carlos Pastor, médico de cabecera de Alejandro, me había dicho toda la verdad acerca del mal estado de salud de mi esposo.
Quiso hablar. Pero…
Yo esperaba lo peor.
Tuve que abandonar la Sala Santa Rosa donde estaba alojado y lo primero que hice, antes de volver a la casa, fue ingresar a una Iglesia y rezar.
Al día siguiente, miércoles 11 de abril de 1944, me levanté muy temprano y me encaminé al Hospital. No pude tomar rápidamente el colectivo y me demoré en llegar.
Por fin, a las 0 y 80 de la mañana, pude ingresar al Hospital.
Avancé casí a la carrera hacia la Sala Santa Rosa. Al penetrar en ella vi a Alejandro, de espaldas.
Lo abrazé y lo llamé casi en un grito. El me miró fijamente con los ojos inundados en lágrimas. Pretendió hablarme, pero no pudo hacerlo. Después expiró. Yo me eché a llorar, sobre su cadáver.
Así, silenciosamente, con resignación y valentía, murió Alejandro,
Así, calladamente, pobremente, entre sollozos, perdí a mi marido.
La valentía y la pobreza, la humildad y la nobleza, fueron los signos que marcaron Ia trayectoria vital de Alejandro.
Ahora que se cumplen 22 años de su muerte he echado una ojeada al pasado y he vuelto llorar.
Ayer fui al Cementerio Presbítero Maestro y coloqué sobre su tumba un ramo de rosas frescas.
Fue un hombre humilde
Mientras murmuraba unas oraciones, recordaba cómo fue este hombre humilde y cómo llegó a meterse tan hondo en el alma popular.
Yo lo recuerdo perfectamente.
Recuerdo que su voz afilada tenía un dejo de tristeza. Hablaba muy poco, pero cuando lo hacía era para decir las cosas claras.
Alto, muy delgado, de piernas muy largas y nervudas, medía 1.85 y pesaba 77 kilos.
Villantieva nació el 4 de junio de 1908. Nació en el Rímac pero su vida se desenvolvió en La Victoria. Por eso, él se consideraba victoriano.
Yo lo conocía cuando era aún un adolescente. Tenía yo entonces 19 años de edad y peinaba trenzas. Y él era un negro largo, desculdado y callado.
La primera vez que lo vi fue en la calle Francisco Pizarro del Rímac. El peloteaba como slempre. Yo lo miré y él me devolvió la mirada, con timidez.
Alejandro estudiaba entonces en el Colegio "Ricardo Espinoza".
Y la primera vez que cruzamos palabras fue en la casa de uno de mis hermanos.
Al poco tiempo éramos novios y después marido y mujer.
Por una serie de circunstancias, no llegamos a casarnos sino el 24 de Marzo de 1944, o sea casi un mes antes de su fallecimiento.
Tomamos una casa en La Victoria, en el Jirón Andahuaylas 640. Y allí tuvimos nuestras dos únicas hijas: Luzmila que se mantiene soltera y Graciela, ya casada.
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| ¡El Maestro! Don Alejandro Villanueva. |
En esa casa vivimos en la más completa armonía.
Muy pocas veces tuvimos conflictos. Alejandro era un hombre bueno, golpeado por la vida.
Se ha hablado mucho acerca de una pretendida indisciplina de Alejandro. La versión es falsa.
Triste, Tímido
El observaba un régimen de vida muy rígido. Se levantaba todos los días alrededor de las 8 de la mañana, Y después de tomar un modesto desayuno, se marchaba a trabajar. Era chofer. A veces, alquilaba un auto y hacía carreras. Y a veces trabajaba en una compañía, transportando gasolina en un camión.
Era un trabajo muy duro. Cuando retornaba a las casa, Villanueva revelaba un gran cansancio.
Pero así, cansado, iba por las tardes a entrenar al campo del Alianza Lima, Alejandro era físicamente débil y el trabajo y el fútbol acabaron por destrozar su mellado organismo.
Sin embargo, tenía un buen apetito.
Las menestras y en general todos los platos criollos eran de su predilección.
A veces bebía licor. Pero sólo en contadas ocasiones.
Su carácter retraído, su timidez, la parquedad de sus expresiones, acentuaban su evidente modestia.
Alejandro era un hombre triste. Muy pocas veces reía.
Casi hasta morir conservó sus aficiones infantiles. Le gustaba ir al cinema a ver películas de acción, especialmente las cintas sobre temas del oeste norteamericano. Los cines Odeón y O Olimpo eran sus preferidos.
En plena Juventud aprendió a fumar y se convirtió en un incansable fumador. Consumía una cajetilla diaria de cigarrillos "Inca Especial”.
Poco amiguero, era un mal bailarín y cuando íbamos a una fiesta, prefería tomar cerveza que bailar.
Pulmón izquierdo rajado
Yo siempre iba a verlo Jugar. Me situaba en un lugar dominante del Estadio y desde alli lo aplaudía.
Yo me ponía orgullosa cuando marcaba goles o cuando la multitud lo llamaba ¡Maestro! Jubilosamente.
Después de cada partido, invariablemente, me llevaba al cinema. Él escogía la película. Cuando salía de gira por provincias o por el extranjero, me traía regalos.
Una tarde se apareció en la casa y me dijo: "Rosa, te voy a dar una sorpresa. Ven a la sala".
Salimos juntos y vi en la sala una flamante máquina de coser.
Hasta ahora conservo la máquina.
En noviembre de 1943, aparecieron los primeros brotes de la enfermedad que lo llevó a la tumba.
Un día comenzó a quejarse de un fuerte dolor a la espalda. Y después le dio la gripe.
Su rostro fue adquiriendo un tono amarillento y la tos no lo dejaba.
Así, enfermo, tuvo que viajar a jugar a Huancayo. La gira lo doblegó por entero.
Al llegar a Lima tenía fiebre alta y el dolor le oprimía el pecho.
Fue examinado por los médicos, doctores Barchellt y Shervelli. El diagnóstico fue definitivo: pulmón izquierdo rajado.
Se ordenó su hospitalización.
Durante cinco meses estuvo en el Hospital Dos de Mayo.
Hasta que al amanecer del 11 de abril de hace 22 años, murió.
Desde entonces, la pobreza martillo nuestro hogar.
El olvido se extendió sobre nosotros. Tuve que enfrentarme a la vida con la costura, usando Ia máquina que me regaló Alejandro.
Hasta que el General Vásquez Benavides me consiguió un empleo. Desde hace 15 años trabajo en el Estanco de Tabaco.
Sobrevivo silenciosamente, con la dignidad que heredé de Alejandro.
Todos los meses voy al Cementerio a dejar flores sobre su tumba.
Cuando estoy frente al nicho que albergan los restos de Villanueva, miro la pelota de fútbol, que ha sido colocada sobre la lápida como símbolo de la actividad de mi marido.
Entonces, me pongo a pensar que tras de esa pelota, en cada ágil carrera, en cada violento disparo, en cada esguince, Alejandro fue dejando su vida, a pedazos.
¡Parecía un Quijote Negro!
Era un hombre alto y largo, de huesos pronunciados que se ocultaban apenas, tras su tez morena.
Parecía un Quijote Negro.
Una permanente melancolía daba a su rostro de niño un inequívoco matiz de tormento.
Su voz débil, era solo un susurro.
Sus lánguidos movimientos contradecían el torbellino que sacudían su existencia.
Alejandro Villanueva, escogió el verde color de la esperanza de las canchas de fútbol, para tomarse el desquite contra el infortunio que castigó su vida.
Y allí, rodeado de grandes muchedumbres que corearon su nombre hasta el frenesí y el éxtasis, se impuso al destino, en un brioso match, inacabable.
Cuando corría por las canchas, con sus pantalones largos batidos por el viento y sus medias también largas, parecía una saeta en pos de la gloria.
Y cuando marcaba un gol, gritaba y levantaba los brazos, en delirante actitud de triunfo. No era, entonces, el timido negro taciturno. Era el arrogante, invicto campeón de las canchas.
Nació humilde y eso hizo grande por decisión unánime del pueblo.
Y entre clamores populares se convirtió en símbolo, en emblema, en grito de batalla
Pero el graderío, casquivano como una mujer coqueta le dio las espaldas una tarde.
Las pifias y los silbidos, reemplazaron a ovación ovaciones y a los gritos de Júbilo.
Y Villanueva, el hombre a quien nunca se lo conocieron las rodillas, abandonó las canchas con la cabeza gacha.
Hasta que un día murió, hace ya 22 años. Desde entonces su nombre sigue siendo un pregón de victoria. En los estadios ruge aún el viento negro que dejaba tras de sí cuando corria. HСА.
*Falcón, Rosa (11 de abril de 1966). ¡El Maestro! Flores para la tumba de Alejandro Villanueva. Correo, p. 10.



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