Teófilo Cubillas. El ídolo sin reposo
Definitivamente, lo de Nene no está en los ojos, ni en la voz, ni en los dientes de conejo. Tampoco está en la sonrisa que a cada instante ilumina el rostro oscuro, ni siquiera en la extraña complicidad que tiene con los niños, ahora, sus alumnos de fútbol, ni en sus ganas de bajarse del carro, tomar una raspadilla de esquina o levantar la pelota callejera por encima de los jugadores de barrio. No. Tal vez, lo de Nene esté en su alma, en su capacidad de asombro; en esa solidaridad de patita de barrio que le sale todo el tiempo, ¿por ejemplo? con sus protegidos del Alianza, los chiquillos.
Como una amargura había en Matute por el rodillazo de Montani. El domingo se jugó el clásico con la "U" bien, pero toda la semana fue de suspenso por la lesión que mantuvo en duda su participación en el equipo que habría de enfrentarse a su tradicional rival, luego de la tragedia. En Matute no se oía una mosca. Pobre Montani y su familia. Pobrecitos,
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| Teófilo Cubillas. Fuente: GEC Archivo Histórico. |
También hay algo de Nene en su capacidad de perdón, en esa filosofía tan suya de levantar los hombros y decir, "así es el fútbol", ¿no?, y seguir en sus cosas, como si nada. Apenas destacando su sonrisa dientuda en una colchoneta triunchusambita, Teófilo no parece el futbolista celebérrimo internacional, sino un patita más de Matute, dirigiendo a los chicos con esa voz nasal, suave, con los dos pies, fijándose dónde está la sabiduría futbolística, el talento, la habilidad antigua para romper cinturas.
Aquí en el estadio de Matute, Eddie Santiago canta "Lluvia" desde una radiocassette, mientras unos muchachos juegan con la pelota en una mezcla confusa de salsa y fútbol. Y "Lluvia" sigue sonando cuando Teófilo, recién duchado, atraviesa las miradas de asombro rumbo a su carro, polo verde con la inscripción "Fútbol Cam-Teófilo Cubillas", seguido por tres periodistas de la televisión chilena.
El aire acondicionado hace que uno tenga piedad de la gente que afuera se achicharra mientras hunden las narices en el vidrio del carro preguntando "¿Juegas, Teófilo, el domingo juegas?" Y Teofilo asintiendo con la cabeza, que sí, que sí, como haciendo ritmo a la salsa "Lluvia", que sigue sonando en la frecuencia modulada, calientita nomás para ti.
Con chofer y carro del año, con 38 años y una veteranía internacional hay, sin embargo algo de frescura adolescente en este Teófilo Cubillas que aho-ra esquiva autógrafos y responde sonrisas en el restaurante "La Alameda" de Miraflores, donde una papa rellena y un seco con pallares, servidos por la única mujer del mundo que cada diez minutos se pone más bonita, lo harán olvidarse de montanis y acosos.
Luego en su departamento, con dos jarras de chicha morada, habrá tiempo para recuerdos. Habrá tiempo para reflexionar sobre la vida, su vida, el tiempo este de plenitudes, de ganas de hacer cosas, de trabajar con niños, y hacer de la solidaridad un estado de gracia, un permanente estado de gracia que envuelva a todos.
—¿Tienes todo tu interés fijado en los niños?
—Sí. Yo creo que sí cuando estaba chico me hubieran enseñado a cabecear, me hubieran enseñado cómo pegar a la pelota, cómo avanzar con ella, cómo disparar al arco, yo hubiera llegado más lejos de lo que he llegado. Por eso es que mi principal interés de hombre y deportista, es trabajar con los chicos. Aquí hay muchísimo talento. Mucho.
Todo empezó en Puente Piedra. Hay una memoria confusa que se pierde en los siete años, flaco y dientoncito de siete años en Puente Piedra, y una pelota cosida en sus pies, como una prolongación de su pequeña humanidad de negrito travieso de Puente Piedra, en la Escuela Fiscal 350 de Puente Piedra.
—Pero lo que sí recuerdo es que a los nueve años fui premiado como el mejor jugador de la escuela 350. Y recuerdo que me levantaron en hombros y gritaban "Coco", "Coco", porque mi familia y mi gente de Puente Piedra me dicen "Coco".
—¿Y "Nene"?
—"Nene" me puso Perico León en la selección de Didí, porque era el menor de todos. Pero cuando me dicen "Coco", yo volteo porque seguro es alguien de mi familia o de Puente Piedra, o sea, lo mismo.
Siete años y una pelota es la memoria más antigua y clara que tiene Teófilo del fútbol y su vida. También que se quedaba dormido con la pelota y que después era todo un lío quitársela, porque si se despertaba gritaba "mía, mía," así, igualito que en el fútbol.
Aquí en Lima, a los 14 años llegó jugando con el "Huracán Boys" de Puente Piedra. Teófilo recuerda eso, y recuerda también las calles, y que se comía las uñas de puro nervios y ganas de jugar. Todo junto.
—Llegamos a jugar con los juveniles del Alianza Lima. Yo estaba muy impaciente. A los 14 años todos somos impacientes. Pero nos dieron una paliza de siete goles a uno. El uno lo metí yo de puro impaciente. Y por eso será que el gol fue bonito, tan bonito que a la semana siguiente el Cholo Castillo me invitó a entrenar con los juveniles del Alianza. Como seguía impaciente, en el primer partido metí cuatro goles. El Cholo dijo, queda. Quedé.
Las cosas fueron en vértigo para Cubillas. Jugó dos campeonatos y los dos terminaron invictos con él como máximo goleador. En 1966, con todos los honores de goleador mocosito, fue promovido al primer equipo. Teófilo estrenó, además, el primer Campeonato de Fútbol Descentralizado que se jugó en el Perú. Debuta en Piura perdiendo uno a cero como visitante. En el segundo partido en Lima, ganaron tres a uno a los Diablos Rojos de Chiclín, con dos goles suyos.
Todos lo recuerdan. El rostro y la sonrisa de Cubillas están vinculados al triunfo, a algunos de los goles más hermosos de nuestro fútbol. El tiempo de estrellas lo empezó a vivir Teófilo Cubillas en 1968 con la llegada de Didí. Fue un vértigo jubiloso que nadie puede olvidar, tal vez porque ya nunca nuestro fútbol fue igual. Didí convocó a Cubillas para las eliminatorias del 69 con miras a México 70’. Y Cubillas fue el gran astro, con Perico León, con Baylón y Challe.
Y ahora, enero 1988, converso con un veterano del éxito. Ha estado en tres Copas del Mundo, figura en la historia de la Copa en el quinto lugar con diez goles, lo que significa un buen récord si se considera que el Perú nunca llegó a los cuartos de final. Es una gran estrella.
—Teófilo ¿Qué se siente cuando se mete un gol?
—Cada gol es una sensación muy especial. Es un placer, no sé. No sé, depende del gol. Hay goles que se hacen en una Copa del Mundo. Goles que se hacen en un campeonato nacional.
—Bueno, háblame de algunos de los goles que te hayan producido mayor felicidad.
—Son hasta tres goles. Uno que hice en el Mundial de México 70 contra Bulgaria, cuando perdíamos dos a cero y ganamos tres a dos.
—El que sale en la televisión.
—El que salía en el programa de Rospigliosi. Me jala Perico León de la camisa, me rompe la camisa y después yo salgo en el suelo así, con una cara de felicidad.
—Otro gol...
—Después el gol que le hice a Escocia en el Mundial de Argentina 78, que fue un gol de tiro libre. Ahí hago otro gesto y me paro, triunfal. Luego me gusta el gol que le hice a Brasil en 1975, cuando ganamos a Brasil tres a uno. Es un gol de tiro bellísimo. No lo tengo. Pero en cualquier momento voy a conseguir el video. Amo ese gol.
—¿Cómo te sientes, Teófilo?
—Está pasando el impacto ¿no?, el espantoso dolor. Ahora yo me siento cumpliendo un deber moral. Un deber de solidaridad para con mi equipo y los familiares de mis compañeros en desgracia.
—Lo que se rescata en ti es tu admirable ubicuidad en los días de la tragedia. Se te veía en la morgue, con las autoridades del Alianza, después se te veía jugando. No sé cómo habrá repercutido todo esto en ti.
—Lo que me destrozó fue cuando tuve que reconocer los cadáveres. Yo me autoasigné el deber de reconocer los cadáveres de cada uno de los muchachos. Fue terrible encontrarme con los muchachos muertos, irreconocibles, destrozados. Yo los había visto correr, jugar llenos de vida. Fue una experiencia espantosa.
—¿Qué muerte te tocó en especial?
—La de Pachito Bustamante. Era un chico que yo quería muchísimo. Cada vez que yo venía a Lima, él era mi compañero, nos íbamos a almorzar, a comer. Pasábamos mucho tiempo juntos. También sentí muchísimo la muerte de Caíco. Tanto le costó llegar a donde llegó, y morir así. Es estúpido.
—Tuviste que reconocerlo...
—De todos los golpes que sufrí, reconocer a Caíco fue lo más terrible. Estaba desfigurado, irreconocible. Tenía un hueco negro en la cabeza. Lo reconocí por una esclava. Y luego tener que dar la noticia a los familiares. Los llantos terribles.
—Y luego también jugaste en el estadio contra Independiente. ¿Cómo se pueden hacer cosas tan opuestas, tan desgastadoras en un sólo día?
—Yo mismo no sé. Tenía que hacerlas. El asunto es que en el segundo tiempo tuve que salir por un calambre Se me paralizó toda una pierna. Ya no podía más. Yo soy una persona muy emocional.
—Pero te controlas mucho.
—Consigo controlarme, pero no siempre se puede. Me ocurrió en el partido, cuando la gente coreo mi nombre. También cuando debuté contra Bolognesi y empezaron a gritar "Cubillas, corazón". Todo este tiempo ha sido terrible. Aparte de reconocer los cadáveres, tenía y tuve que estar en todos los velorios.
—Teófilo, ¿el fútbol nos retrata?
—Sí. Yo creo que no metemos goles porque no tenemos mentalidad ganadora. Necesitamos mentalizar al jugador convenciéndolo que los partidos se ganan con goles. Hay que practicar muchísimo con ellos. Es necesario inculcar en el jugador esa necesidad de concluir las jugadas con goles, y abolir los pases cortos. A los muchachos les encanta jugar fulbito. Ahí empieza ese vicio por el toque, la gambetta. Esto es lindo, pero es más lindo cuando culmina con goles, con triunfo.
—Tu has vivido muchas escuelas futbolísticas. ¿Con cuál te quedas?
—Lo ideal sería llegar al fútbol total. Y llegar a ese fútbol agregando la habilidad con la cual hemos nacido. A eso apunta ahora la Argentina. Pero, lamentablemente para llegar al fútbol total se requieren otras condiciones, y lamentablemente, quienes están metidos en el fútbol provenimos de las clases menos favorecidas. Quienes llegan a triunfar, mi caso, el de mi compadre Hugo Sotil, Baylón, el chico Alguedas, provenimos de las clases más pobres. Vemos al fútbol como una profesión que nos puede sacar de la pobreza. Pero muchos de nosotros no hemos tenido la suerte de disfrutar de una buena alimentación de chicos. Entonces, si uno no ha sido bien alimentado de chico, difícilmente va a poder seguir un trajín de entrenamiento como se hace en Europa, tan fuerte. El fútbol nos retrata en todo, y nos retrata en nuestro subdesarrollo.
—Hay dos casos tipo: El de Mifflin y el de Sotil. ¿Qué reflexiones te provocan?
—Son dos ex compañeros a quienes sigo guardando el mismo respeto y la misma admiración. Pero creo también que cada persona se labra su destino. Yo no entiendo cómo han podido llegar a esos extremos. Cuando uno llega a determinada posición, tiene el deber moral de guardar una línea. Y más aún si los niños nos tienen como ejemplo. Uno tiene la obligación de cuidar su vida privada. Yo me habitué a seguir siempre mi línea. He tenido que privarme de muchísimas cosas. He tenido que dejar de lado muchas cosas que sabía me iban a hacer daño.
—El fútbol tiene muchas tentaciones.....
—Sí. La fama tiene muchas tentaciones. El dinero, la droga, la vida fácil. Cuando se está acostumbrado a tener dinero y se le va perdiendo, empiezan los problemas. Y esos problemas son más graves cuando tú has nacido pobre y de la noche a la mañana te haces rico. Rico con cierta facilidad.
—¿Has hablado con Sotil?
—Quiero hablar con mi compadre. Y lo invitó desde CARETAS. Me dolió que no estuviese en mi despedida. Lo invité y no llegó nunca. Y después no ha estado en ningún acto por la tragedia. Me dijeron que estuvo en el sepelio de Marcos, pero no lo vi.
—¿Qué pasa con él? ¿Has conversado con él?
—Una vez conversamos aquí en mi casa. Me dijo cosas tan bellas, tan profundas, tan sentidas. Algunas cosas las dijo llorando. Me dijo que le producía orgullo ver mi nombre con letras grandes en los periódicos. Siento orgullo de tus éxitos, compadre. Usted es Teófilo Cubillas, y yo tengo un gran orgullo. Y quién soy yo? ¿Quién es el Cholo Sotil? El cholo Sotil es una mierda, dijo, y lloró, y yo le dije que no, que no es cierto, porque no es así. Mi compadre es una maravilla de persona, y yo lo quiero mucho, y quiero verlo para conversar de tantas cosas.
—El cholo Sotil. Ustedes dieron tantas alegrías en el fútbol...
—No puede ser pues una mierda.
—Una persona que abre así su corazón, no puede ser eso. El me dijo todo lo que alguna vez quizá me quiso decir. Por eso lo quiero ver. Como antes. Díganle ustedes...
—¿Por qué siempre regresarás al Perú, Teófilo?
—Si volviese a nacer escogería al Perú como patria, como equipo al Alianza, y como esposa a Betty. Y regresaré al Perú por el cau-cau, los frejoles, el ají de gallina, los valses del Zambo Cavero y la guitarra de Avilés. Por todo eso, y por mis amigos, que llevo en el corazón.
*Campos, Mario (1 de febrero de 1988). Teófilo Cubillas. El ídolo sin reposo. Caretas, pp. 42-44.



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