Teódulo Legario. Fútbol bueno el de mi tiempo…

“Fútbol bueno el de mi tiempo….” (i)

Aquellos que dicen que "todo tiempo pasado fue mejor" están en lo cierto. Al menos yo lo puedo afirmar en relación al fútbol que viví y sentí... por eso siempre afirmo "fútbol bueno... el de mis tiempos...".

Cuando llegué al Alianza Lima, ya las glorias de "Manguera" Villanueva se contaban como grandes acontecimientos del pasado. Don Juan Valdivieso, ese incomparable "Mago", había dejado la valla íntima con una inabarcable leyenda. Quién iba a imaginar que tiempo después seguiría sus pasos de gloria en la portería "blanquiazul".

Claro que el desafío era bravo, porque la verdad, la verdad, como el "Mago" no ha habido ni habrá otro igual. Ese sí era un "trome".

Yo he ido al vaivén de la vida, como ha soplado el viento. He vivido el instante sin pensar en el futuro o detenerme en el pasado. Las cosas se presentaban y yo las tomaba o dejaba un poco a la suerte y creo que he sido afortunado.

Por ejemplo, cuando me hice boxeador o futbolista, nunca pensé que podría destacar, triunfar. Fue de casualidad que entré al mundo de los cuadriláteros. Tenía 18 años y era guardián de coches en la Plaza de Armas cuando cierto día el tío de Ricardo Belmont, ese que sale por la TV y que era dueño de la Botica Francesa del Jirón de la Unión, me presentó al presidente de la Federación Peruana de Boxeo, en aquel entonces, Manuel Angosto. Yo no sabía quién era y desconocía sus propósitos…

Me midió con los ojos, me pesó, con el pensamiento y con una mueca de sus labios dio su aprobación. Yo era un mozo alto lleno de músculos. Parece que eso le impresionó. A los pocos días ya estaba inscrito en el primer interbarrios de boxeo que se realizó en el año 38 en el coliseo Manco Cápac.

Eso de agarrarse a trompadas da un poco de temor, pero ya me había comprometido y tenía que demostrar que era macho. Luego de un breve entrenamiento: sogas, guantes y gimnasia ya estaba expedito. Todos los combates los gané por la vía rápida y no tuve rival en esa categoría. Los periódicos de esos años aseguraban que era un púgil de grandes condiciones y me comparaban con el afamado púgil Santiago Carty a quien apodaban la "Araña Negra" y hasta se dijo que yo tenía más punch y corazón para la lucha...

Con el tiempo, eso de trompearse ya no me cuadraba, sobre todo porque decían que la mayoría de los boxeadores terminaban locos. Además, había otra razón, Vicente Quiroz, el campeón nacional siempre me daba palizas. Como éramos tres o cuatro en ese peso, la gente ya estaba aburrida de vernos pelear siempre... Ya no había futuro.

Es así que cierta mañana, dije basta... Mandé al diablo todo, colgué los guantes, recogí mi kepí de guardián y me dirigí a los coches solitarios de la Plaza de Armas.

Semanas después dejé ese puesto para convertime en el chofer particular de la familia Belmont que te nían una bonita residencia en el distrito de Breña. En ese tiempo era uno más en la calle, con una cara anónima sin saber que dos años después la fama tocaría mi puerta...

Después de que terminaba mi labor de chofer me iba para el barrio de Malambo en el Rímac, lo que viene a ser hoy Francisco Pizarro, para jugarme unas pichangas con la collera. Como no era bueno con la pelota, el arco siempre me esperaba; claro, era un tipo alto y aprovechaban mi estatura. Siempre había sido así, desde que era chiquito…

Teódulo Legario en una actuación felina.

Sin embargo, recuerdo que esa falta de cualidades, la subsanaba con el trompo, el lingo, el bolero y las bolitas en las que sí era un capo. Recuerdo que ya de pequeño esa resignación de estar bajo los tres palos se fue convirtiendo en una pasión. Y no era para menos, el "Mago" Valdivieso otorgaba fama y calidad a ese puesto que todos detestan.

A veces íbamos en mancha al Estadio Nacional, en la época en que las tribunas eran de madera, para ver al Alianza de Alejandro Villanueva, la picardía de José María Lavalle, la fuerza y habilidad de Kochoy Sarmiento; en fin, el que no era de Alianza era de Alianza y yo con mucha más razón como que mi piel es morena".

Recuerdo que luego de esos memorables partidos, dividíamos al barrio en "U" y Alianza…, por supuesto, nadie quería ser de los universitarios. Total, los que perdían rigiendo hacían forzosamente de "U". Por supuesto, yo estaba al margen de esas trivialidades. ¿Cómo podía hacer de blanquiñoso?...

Así nació mi amor por Alianza Lima. En esos tiempos todos los muchachos de la "gallada" queríamos emular a alguien de los íntimos. Mi sueño estaba metido en el arco grone. Esa ilusión iba creciendo de acuerdo a mis aptitudes por ser golero.

Jugábamos por amor al arte (ii)(iii)

Cada vez que me preguntan qué época del fútbol peruano me tocó vivir, siempre respondo que fue la época romántica" de nuestro balompié, ya que la "edad de oro" tuvo en Alejandro "Manguera" Villanueva su primer caudillo y como en los "Mohicanos", "Lolo" Fernández fue el último de un ciclo legendario de este fútbol nacido en potreros y humildes barriadas.

El fútbol de mi tiempo dista mucho del que ahora se practica. Era libre como un caballo salvaje, dejado a su suerte inspiradora, de hombres que hacían malabares con el balón, de artistas que asombraban hasta el éxtasis a una tribuna embriagada con un fútbol que tenía el sabor del vino añejo. Sí, señor, fútbol el de mi tiempo...

En esos años, el futbolista era más dejado, listo a la bohemia que a la disciplina. A vísperas de cada partido, muchos llegaban al gramado con una mala noche encima y con el tufo del licor en la boca. Se entrenaba tres veces por semana y la concentración era un palabra hueca y sin sentido. Además, ese fútbol no era rentado ni profesional. Se pagaba al futbolista un porcentaje de la taquilla y nadie ganaba millonadas como ahora. La mayoría trabajaba para poder subsistir, tenían otros oficios porque el fútbol no daba para comer.

Por ejemplo, por aquel tiempo además del fútbol, yo trabajaba de chofer de la línea-14 del Transporte Municipal, conjuntamente con Juan Quispe, otro gran jugador aliancista. Cuando me tocaba jugar, le dejaba el puesto a otro mientras durase el partido. Después, y como si nada hubiera pasado, volvía al volante... 

Recuerdo que ganábamos 8 soles 50 centavos diarios que al mes vendrían a ser 249 unos soles…

Por su parte, Carlos Vergara del Ciclista Lima era bancario; Carlos Gómez Sánchez era guardián de parques de la Municipalidad de Barranco; la "liebre" Sayers que jugó por el Sucre, era obrero de construcción civil... Fue una época en que se jugaba por amor a la camiseta y no al chancho...

Con los "grones" hicimos grandes campañas, no sólo a nivel nacional sino también en el extranjero, sobre todo en Chile, en donde hicimos hasta tres giras con balances positivos. En una de esas giras falleció víctima de un infarto el recordado Isaac Angulo, el único blanquiñoso de Alianza, que murió en pleno partido en Chuquicamata, al norte de Santiago.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Era el primer tiempo y el juego muy reñido, pero adelantamos el marcador. Cuando faltaban diez minutos, Angulo corrió pegado a la línea derecha, muy cerca al banderín del córner. De pronto, cuando iba a sacar el disparo se fue de bruces como si le hubiera dado un calambre. Eso fue lo que pensamos al principio. Ya en los vestuarios recibimos la mala noticia. El cuerpo de Isaac yacía sin vida en un rincón. Los médicos no pudieron hacer nada. Aunque nos negamos en un principio, el público chileno exigió que el partido continuase y tuvimos que cumplir de mala gana. Al final nos empataron sin pena ni gloria. Después de una semana de viaje, retornamos a Lima desde Arica con el cadáver de Angulo en el techo del ómnibus. Fue uno de los momentos más tristes de mi vida,, tristeza que se acrecentó a los pocos días de arribar a Lima cuando en un partido de pretemporada, Universitario nos metió la peor goleada que haya recibido Alianza en su historia deportiva...

Luego del entierro de Isaac Angulo, nos informaron que teníamos que jugar contra la "U" ese mismo fin de semana, Aunque muchos de nosotros no nos habíamos repuesto de tan largo viaje, ni de las lesiones adquiridas durante la gira, tuvimos que acceder. Por mi parte, aclaré a los directivos del club que no me encontraba en perfectas condiciones y que no garantizaba el arco aliancista por las lesiones que tenía. Los directivos insistieron y jugué lejos de toda culpa.

En esa oportunidad, los "cremas" que habían campeonado el año anterior, presentaban una gran escuadra con 49 anotaciones en 14 partidos durante el año 1945. El equipo estaba conformado por Sacco, Da Silva, López, Stolzembach, Pasache, Huapaya, Villalba, Castro, "Lolo" y "Lolín" Fernández, y Gómez.

En ese partido tuvimos que alternar suplentes y titulares, pero a pesar de todo, la suerte estaba echada, La "U" salió como una tromba y antes que acabara el primer tiempo nos habían clavado cuatro goles. Parecíamos un cuadro amateur y "Lolo" con su hermano "Lolín" fueron los goleadores. El segundo tiempo fue un calco del primero y ¡zass!... cinco goles más... Carlos Gomez Sánchez anotó el gol de honor. Luego del partido, mordiéndonos la lengua de rabia, juramos que tarde o temprano le devolveríamos la ofensa...

Así fue, pues... al año siguiente nos cobramos la revancha con una de las escuadras más poderosas que tuvo Alianza Lima... Conmigo en el arco, con Abelardo Lecca, Emilio Vargas, Roberto Castillo, Fé-fix Castillo, Pedraza, Abelardo Silva, Alejandro Gonzales, Cornelio Heredia y Gerardo Arce, goleamos a la "U" 9-1 en unos de los encuentros más inolvidables de mi vida…

Una inolvidable vuelta olímpica. (iv)

Fue en el año 47 luego del encuentro internacional que sostuviera Alianza Lima con el Botafogo de Rio de Janeiro, que di una vuelta olímpica que ha quedado grabada en mi corazón. A los "cariocas" les dimos 1-0 en un encuentro en el que cumplí una de mis más grandes actuaciones, claro está, sin pecar de vanidoso.

Los brasileños, jugadores por naturaleza de una habilidad diabólica, no pudieron conmigo y entregué mi valla invicta luego de unos disputadísimos 90 minutos.

Mis manos, como potentes imanes, atraían la de cuero. Tenía las reacciones de un gato y en el juego aéreo nadie me ganaba. Afuera, el público vibraba a rabiar en cada una de mis intervenciones; se oían gritos y hasta coreaban mi nombre. Para muchos, la mitad del triunfo "blanquiazul" había sido mío, por las veces que evité la caída de nuestro pórtico.

Luego del silbato del árbitro, mis compañeros de equipo me abrazaron, mientras nos dirigíamos a los camarines. Cuando iba a entrar al túnel en dirección a los vestuarios, ese gran locutor peruano Juan Sedo, al ver que el público me reclamaba desde las graderías, me llamó para que saliera a agradecer. Al asomarme, la ovación del público me sorprendió hasta emocionarme, Sedo, más entusiasmado, me dijo: "Teódulo, el público quiere que des la vuelta olímpica...". Titubeé, pero su voz me volvió a empujar y salí trotando... Mientras corría por la pista de ceniza, los aplausos retumbaban en mi corazón como una música cálida y suave... Aunque digan que no es de hombres llorar, yo lloré como un niño agradecido.

Cómo pasan los años, ¿no?... Cuando menos lo piensas se te van encima y nada puedes hacer sino seguir viviendo. A principios de la década del 50, Lima seguía suspirando con los romances de Hollywood y la meca del cine. Clark Gable, Gary Cooper, Errol Flynn... eran los preferidos de las mocitas de todos los estratos sociales. Para los hombres, la despampanante Rita Hayworth seguía siendo la "diva". Todos movían el esqueleto con esa moda cálida y excitante que venía del Caribe, sí señor, el rico mambo... Sin embargo, seguíamos pegados a la vena melancólica de la música criolla. En nuestras reuniones, Juan Quispe le sacaba glorias celestiales a la guitarra jaranera, mientras mi voz rompía la paz del callejón de un solo caño a la vez que Félix Fuentes, en el cajón, seguía el compás de una alegre marinera... Qué hermosos años, esos que se han ido...

Luego de una campaña irregular y con muchos altibajos, volvimos a campeonar en 1952. Nuestra delantera fue la más efectiva con 57 tantos y con 38 goles en contra, Emilio Salinas, nuestro centro forward, se constituyó en el máximo goleador. En ese tiempo hicieron su aparición Cornelio Heredia y ese maestro del área que se llamó Guillermo Delgado. Por su parte, Oscar Gómez Sánchez fue la revelación del año.

Por esos años me hice valer. Fue en la ocasión en que tenía que renovar mi contrato y exigí a los directivos de Alianza la compra de un automóvil de segunda mano para hacer taxi... Causó revuelo en el ámbito deportivo. Sin embargo, accedieron a mis requerimientos. El coche costó como diez mil soles... Pero no había sido el primero,... ahora que recuerdo, diez años antes otro aliancista había puesto de cabeza el mercado del fútbol. Fue con la transferencia de Juan Quispe al Ciclista Lima. La venta costó la fabulosa cantidad de 600 soles. Imaginense, un obrero ganaba en ese entonces tres soles diarios y un empleado no más de 120 al mes.

Por mutuo acuerdo, fui cedido al Unión Callao, cuadro al que apodaban "Los Canarios" por los colores chillones de su indumentaria. Por los porteños jugué como un año hasta que retorné al Alianza.

Sin embargo, por aquel entonces aún no pensaba en el retiro. Tenía 34 años y tenía para rato. Pero una lesión que sufrí al tobillo y que me postró varios meses en una cama de la Clínica Italiana, me hizo madurar la idea.

Allí recibí la triste noticia de que jamás volvería a los gramados... Sin embargo saqué fuerzas de flaquezas y retorné con el propósito de retirarme dignamente un año más tarde. Luego de cumplir una temporada con el club que me lanzó a la fama, decidí abandonar la pasión de mi vida. En 1956 y a los 35 años, le dije adiós al Alianza de mis amores...

Desde que me retiré de las canchas hace 28 años las cosas no han ido del todo bien. Muchos problemas, muchas complicaciones, el sueldo de jubilado en la aduana no me alcanza para nada; tengo hijos que me necesitan y nietos que siempre están reclamando algo... En el arco siempre atajé las bolas difíciles, pero nunca imaginé que atajar lo que la vida le tira a uno, iba a ser más difícil... y peor a los 63 años.

*La versión y redacción de los textos estuvieron a cargo de Pablo Flores.
(i) Legario, Teódulo (31 de enero de 1984). Una historia con sabor a potrero y espectáculo (I). La República, p. 27.
(ii) No he logrado encontrar la segunda parte del testimonio de Teódulo Legario.
(iii) Legario, Teódulo (8 de febrero de 1984). Una historia con sabor a potrero y espectáculo (III). La República, p. 27.
(iv) Legario, Teódulo (15 de febrero de 1984). Una historia con sabor a potrero y espectáculo (Capítulo final). La República, p. 27.

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