José Gonzales Ganoza. Los primeros penales se los tapé al hambre
¡Hola! Soy "Caico", ¡perdón!, José Gonzales Ganoza es mi nombre. Antes de comenzar a escribirles la historia de mi vida quiero pedirles por favor, que dejen a un lado los silbidos y que lean con detenimiento lo que les voy a contar... Sí, bien... entonces arranco. Nací la madrugada del diez de julio de 1955 en la Maternidad de Lima. Dicen que aquel día mi aspecto era muy similar a la de un frijol castilla por el gran contraste que existía entre el negrísimo color de mi. barriga con el resto de mi cuerpo. Evidentemente, no creo en esta antojadiza comparación ya que estoy completamente convencido que vine al mundo no con el color de un frijol, sino con el matiz del riquísimo maíz morado. ¿Frijoles a mí?... ¡Qué cosa! Soy oscuro, pero parejo.
Mis padres son Belisario Gonzales y Angélica Ganoza Sánchez. Quiero aclararles que menciono el nombre de mi progenitor para que sepan, simplemente quién fue y lo conozcan como lo conozco yo. Mi madre, desde que tengo uso de razón, siempre ha sido en mi hogar padre y madre. Ella ingeniándoselas como siempre consiguió honradamente el pan de cada día. Evitó con su esfuerzo que muriéramos de hambre. Sí, murieramos mis hermanos y yo. Fuimos ocho alguna vez, desgraciadamente, la muerte nos arrebató a Juan Alberto, el mayor, quien dejó de existir por las vicisitudes que nos deparó la vida. Rosa Angélica es la segunda, seguida por Margarita, Carlos Alberto, Petronilla, yo y los mellizos Juan y Luis Alberto.
Chorrillos fue el lugar que nos albergo. Una casita de resecos y desmoronados adobes ubicada en la avenida Brasil del mencionado distrito, fue nuestro lugar de residencia. En ella pasábamos los días enteros sin la presencia de mi viejita, quien se desempeñaba como ama de una familia acomodada. Sus llegadas en el día sólo eran fugaces. Debía regresar con la velocidad de un rayo para continuar criando a hijos ajenos. Por las noches, llegaba agotadísima al hogar y a pesar de su cansancio trataba de aprovechar, lo mejor posible, las pocas horas que pasaba, a nuestro lado. Recuerdo que habían veces en las que apelaba al zamaqueo para despertarnos y vivir con nosotros algunos momentos de alegría y felicidad. ¡Qué mujer! ¡Dios mío! con franqueza merece que le levanten un altar…
![]() |
| José Gonzales Ganoza. |
Mis estudios primarios los realicé en la escuela "Colina" de Chorrillos. Se encontraba no muy lejos de mi hogar. En este centro de estudios recién me comencé a "despabilar". Mi timidez y nerviosismo desaparecieron con gran rapidez convirtiéndome en poco tiempo en el más pícaro del salón. Ese cambio fue risible porque aquellos que me molestaban cuando ingresé tuvieron que arrodillarse después. Sólo era en aquel entonces un enclenque chiquillo que aparentemente, no mataba ni una mosca, ¡ah! pero eso sí, cuando me fregaban arrasaba con todo aquello que tenía por delante. Nunca me ha gustado ser ofendido por ello las veces que he podido, las ofensas las he desbaratado. Recuerdo que en una oportunidad, corrí como treinta cuadras tras el "cholo" Juares. El era un mocoso del salón y no paré hasta atraparlo al "desgrampado". El largo co-rreteo fue por haberme dicho delante de los amigos que era un negro enclenque y desgarbado. Aquello fue costiante porque el tremendo desgaste físico que hice sólo me permitió levantar la derecha y meterle con dificultad un débil "cocacho" al fascineroso... imagínense nomás lo "trapo" que estaría.
Mi inclinación por el fútbol surge cuando cursaba el primer año de primaria. Era ya uno de los más grandes del aula, desarrollo físico que me permitía tomar algunas determinaciones en el salón. Un día surgió la idea de constituir un elenco que represente a la sección entre el cual evidentemente me incluí. Los pequeños, por lo general, llevan consigo desde que tienen uso de razón un gran prejuicio que les impide solicitar por voluntad propia el puesto de arquero. Quizás sea por la costumbre de localizar en ese lugar al más malo del equipo.
Desde ese entonces, cada día luego de la escuela en el barrio no hacía otra cosa que fuese distinta a correr tras un balón. El fútbol ya estaba en mi, aunque, aún, no había logrado ubicarme en el puesto en el que juego hoy.
A la espalda de mi casa había una pampa de la "real madona" que los muchachos del barrio habíamos bautizado como el "Maracanito" aludiendo en algo al coloso brasileño de Maracaná. En ella pasaba horas enteras practicando el fútbol. Una botellita de limonada de 20 cobres era el mejor premio que obteníamos cuando ganábamos algún partido. En esta pampa, en algunas oportunidades, oficié de guardametas en contra de mi voluntad. Todo el mundo deseaba jugar por lo cual teníamos que alternar obligadamente en el arco. ¡Y pobre! que se negara uno... hacerlo significaba quedar fuera de juego inmediatamente.
Mi primer arco estuvo formado por dos tierrosas piedras que estaban separadas una de otra por los clásicos seis pasos infantiles. Un par de zapatillas viejas y algunos retazos de madera acompañaban las sólidas rocas para aumentar la visibilidad de la portería. Sinceramente, hasta ese entonces, sentía una rabia terrible cada vez que lo tenía que defender. Incluso por la cólera que me causaba desempeñarme como arquero, me dejaba batir. Claro está, haciendo un teatro de las "mil miércoles" para no ser linchado por el resto del equipo y poder continuar jugando.
Cuando cumplí los diez años en el barrio logramos organizar por primera vez un cuadro de fútbol. Me refiero claro está, al primer equipo que poseía implementos deportivos. "Alianza Beregrano” fue el nombre que le pusimos y en él milite como puntero derecho. Recuerdo que esa vez las casaquillas nos calleron de perilla a todos los chicos del barrio. Para conseguirlas nos la ingeniamos y hicimos militar en el elenco al hijo de la señora de mejor situación económica del sector. Chávez era su apellido. Dicho sea de paso no servía ni para aguatero. ¡Era más malo el "bandido"!... en fin. Su madre para complacer a su pequeño adquirió toda la indumentaria del elenco e incluso ofició como entrenadora en sus ratos libres. Le encantaba ver al “maleta” correr tras el balón.
Después de algún tiempo, la señora se aburrió y quitó sus "chivilines" del club con lo cual lo mató y sepultó a la vez. Ante tal situación los muchachos fuimos absorbidos por por el Club Deportivo "Omega" que también era de la zona. Este equipito se encontraba participando en primera de Chorrillos. Por ese entonces tenía trece años y seguía odiando al puesto de guardametas con la misma intensidad. Mi ubicación en este elenco estuvo en el medio campo. Los partidos los jugábamos en la "cancha de los muertos" que es como le llamábamos al Estadio Municipal de Chorrillos. En este cuadro milité más o menos un año. Gómez Laines, mi primo jugaba en el "Defensor Asunción", equipo al que me llevó, jugando como volante, para reforzarlo en un compromiso que tenían pendiente con el "Deportivo Arimas".
Ese día comenzó mi lento caminar hacia el puesto en el que juego en la actualidad.
¿Por qué; se preguntarán ustedes? bien les contaré. Aquella tarde luego de jugar 20 minutos me clavaron en el arco del equipo donde tuve que desempeñarme durante el resto del partido. El arquero del cuadro se había golpeado y no pudo continuar en el campo. Ante tal situación tuve que batirme de bajo de los tres parantes como todo un campeón. Este hecho bastó para que mi primo, meses después, me condenará definitivamente a jugar en el arco.
Sí, ya que cuando decidimos probarnos en las filas inferiores del Alianza Lima, él le contó a Rafael Castillo una serie de historias que me pintaban como el mejor arquero del mundo. El "Cholo" que se encontraba como director técnico del cuadro le creyó y sin permitirme abrir siquiera la boca me mandó a tapar. Mi talla y mi contextura delgada contribuyeron a hacer más verídicas las historias. Ante semejante situación no me quedó otra cosa que seguir adelante. Sorpresivamente luego de algunas pruebas me quedé con el puesto. En los juveniles permanecí hasta los 18 años. Pasé a la reserva de la institución victoriana a solicitud del "Cholo" Castillo que interinamente comandaba el primer equipo. En ese entonces se encontraba como titular del Alianza, Román Villanueva y de suplente estaba Saavedra. Mi inexperiencia mermo un tanto mi rendimiento en el fútbol grande. Gracias a Dios tuve la suerte de tener cerca a todo un maestro, me refiero al "Cholo" Castillo que en todo momento me ayudo y supo aconsejarme adecuadamente.
El campeonato Descentralizado de 1974 se encontraba en sus inicios. Corría el mes de abril y el equipo debía enfrentarse en el Estadio Nacional nada menos que al "Grau" de Piura. Este equipo venía de golear por cinco a cero jugando de local. Román Villanueva que era el arquero titular enfermo del estómago. Saavedra se encontraba con problemas económicos con la institución, por lo cual su participación en este encuentro era imposible. Estos acontecimientos me ubicaron como el único recurso del equipo para salir adelante y poder enfrentar a su rival. El día del encuentro caía domingo y era nada menos que siete. Todo aparentemente estaba contra mí ya que carecería de suplente.
Tendría como primer adversario a un equipo goleador y en fin... una sarta de cosas más. Pero esto no me amilanó y salí al gramado con mucha seguridad. El estadio estaba al tope, no entraba una alma más. El bullicio era tremendo y la alegría del público era desbordante. En las tribunas todo era júbilo a pesar de no haber comenzado el partido. Cuando las acciones arrancaron me coloqué bien en mi puesto y desde el primer minuto de juego me batí como el más experto guardametas del país. Sin temor a exagerar, aquel partido fue el mejor encuentro que he jugado en los años que llevo en el arco. El marcador fue de cuatro goles a uno favorable al elenco aliancista. El único gol de los piuranos fue de penal y lo anotó "Meleque" Suárez.
Desde esa fecha hasta la actualidad vengo jugando en el cuadro profesional siete temporadas. En ellas he ido obteniendo todo el bagaje de conocimientos que poseo sobre el oficio. He tenido la suerte de jugar como titular del elenco tres versiones de la Copa Libertadores de América y muchísimos partidos internacionales. Espero, con sinceridad, poder concluir algún día en la misma forma como inicié, mi carrera deportiva, en las filas del Alianza Lima, equipo que adoro con todo el corazón. Mi paso por sus colores me ha permitido ser convocado al seleccionado en muchas oportunidades. La primera de ellas fue la de 1973 para el campeonato sudamericano de Argentina. El equipo peruano era conducido por Mario Gonzales y el maestro de maestros, mi gran amigo, consejero y profesor, Rafael Asca. Desde 1975 he vestido ininterrumpidamente la casaquilla nacional, con algunas exclusiones en varias oportunidades, que para mí no lo fueron. Por ello, moralmente, me he considerado desde esa fecha en el seleccionado.
Al margen del fútbol, me considero la persona con más suerte en el mundo por poseer una familia encantadora. Tengo tres hijas que son lo mejor que me ha podido brindar Dios. A ellas se suma Mary Luisa la mujer más sencilla, dulce y encantadora que he podido encontrar en la vida. La chica que con amor y cariño me ha ganado eternamente.
Gonzales, José (27 de marzo de 1982). Los primeros penales se los tapé al hambre. La República, pp. 30-31.



Comentarios
Publicar un comentario