José María Lavalle. ¡Quién le quita lo bailado!...
Con su terno oscuro a rayas, bajo el beso de su esposa Lucía, don José María Lavalle parecía estar durmiendo, apenas. Largo, inmenso, parecía estar durmiendo, durmiendo, como arrullado por los ecos de mil ovaciones, creciendo ante su juego de maravilla, negro de maravilla, cuántas euforias convocó.
Ahora que está muerto, ahí. con un cuadro del "Alianza Lima" en la cabecera de la cama donde lo han puesto mientras llegan de la funeraria, hoy miércoles 18 de junio que hay tanto llanto en su casa, que los pasillos están atravesados de llanto, que los familiares se abrazan y los primeros, fieles amigos empiezan a llegar, qué ha pasado, cómo pudo suceder, nadie está para recordar el pasado.
Cómo hacía para centrar tan exacto. Qué magia contenían esos inmensos chimpunes de 45 que hacían disparos curvos, cimbreantes, que parecían alejarse para luego cambiar de rumbo y acertar el gol.
Largo, ahora parece dormido. Es 18 de julio de 1984, y parece dormido. Aquí en la primera página de LA REPUBLICA, parece dormido. Al lado de la foto hay otra en que esta joven, con el antiguo uniforme del "Alianza Lima", la chompa con pasadores, los pantalones largos y anchos, pero en la foto grande parece dormido. Mientras lo besa su mujer, parece dormido, apaciblemente dormido. Como un bebé grande y negro. Dormido.
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| Fuente: La República. |
Y sin embargo, cincuentaicuatro años antes, qué iba a parecer dormido. Cincuentaicuatro años atrás, era la luz, el sol mismo en el estadio Centenario de Montevideo. Cincuentaicuatro años antes, era 18 de julio de 1930, y era, también, la apoteosis, la locura, el vértigo de sus jugadas ante más de ochenta mil montevideanos, asombrados con el juego de este peruano.
18 de julio de 1930, José María Lavalle convoca la locura en el "Centenario" de Montevideo. 18 de julio de 1984, José María Lavalle convoca la muerte en su casa de San Juan de Miraflores.
Antes parecía un rayo, ahora parece dormido, Pero cuántas ovaciones provocaron sus escapadas. ¿Y sus disparos? Qué exhalaciones, cuántas manos crispadas, tantísimos gritos de gol.
Aquí en la calle Billinghurst ya han vestido el cadáver de José María, 86 años, ya lo han vestido. Adobero en su primera juventud, exhalación en la cancha, su esposa le está acariciando el rostro y le habla. Cosas.
Cuarentaicinco años atrás, por Dios, las diabluras de José María, su baile a Gestido —defensa histórico del campeón del mundo— ensombrecían a los uruguayos. ¿Quién era este negro? ¿De dónde había sacado estas jugadas? ¿Qué pactos había hecho y con quién para hacer de su fútbol como un baile, como un desplazamiento lleno de gracia? Por ventura ¿quién era?
Lo están introduciendo en el ataúd. La señora le acaricia la corbata, le acomoda las solapas. Le sigue hablando, José María, Joché, con la mirada le sigue hablando, y también con la pena. Con la infinita tristeza le está limpiando las manchitas del terno, con las lágrimas las borra, y también con la angustiosa resignación de saber que nunca más. En la sala lloran, la familia, los vecinos. Juan Quispe, su yerno querido, no lo puede creer.
(Ya estás aquí, tienes que vivir nomás. ¿Naciste en un callejón? Igual vas a seguir viviendo. Mejor se vive alegre, ligero de cuerpo y alma. Así que, negro, aprende a cantar, procura caerle simpático a Dios, que sus razones tendrá para no haberte regalado un palacio como a otros. Aquí, José, tienes a Lavalle: ya nos conoceremos, veintitrés años hace que estamos juntos. Chomp, chomp, los pies amasan barro. Enciéndete candela, cocínate cebolla.
Silba el adobero inventando su propio verano más acá de la techumbre gris que se extiende sobre Lima. Chomp, chomp, ¿A quién vas a protestar? Nadie tiene una varita mágica para transformarte en príncipe, ni estás seguro de que te gustaría serlo. Cierto, un poco de dinero nunca sobra. Porque has llegado, José, al mundo sin tu pan bajo el brazo.
En Chorrillos, allá también te bautizaron. Once años junto a mamá o trotando en la cancha de los muertos, el cementerio tan viejo y tan pobre que lo transformaron en campo de fútbol donde a veces, al calor de un partido de barrio, afloraban pedazos de cadáver. Extraño sitio, José, para descansar los huesos, tantas pisadas harán sonar la tierra como un tambor. Once años en Chorrillos y ni una pelota verdadera. Con suerte conseguían una vejiga de toro en el matadero, la inflaban y la cosían. No era una bola perfecta sino más bien ovalada, nadie sabe a dónde iría a dar bote. Por eso la preferían de trapo. Adentro: un corazón de papel bien amarrado con pabilo. Afuera: una media dispuesta de modo que forraba la pelota tres veces. Redonda y dura y rebotaba como jebe. Tenían que robarle las medias a mamá. ¿Dónde están las medias, usted las ha visto? No. Se habrán ido a la basura. ¿Dónde estarán?
Y las estaban convirtiendo en pelotas. Pero mamá murió cuando tenías once años, Desapareció aquel regazo amplio y llevaron al huérfano a donde su padre, dueño de un terreno en Lince donde fabricaba sus adobes. El colegio, la nueva vida sólo duraron tres años. Papá cayó al río y se malogró. Desde los catorce, José, amasabas barro, fabricabas buenos adobes. Así es la vida, qué vas a protestar. Al final todos son dueños de lo mismo: un pellejo enfermo y arrugado, una gran fatiga.
¿Chorrillos? Ahresta, pues. En la memoria. ¿Dónde más vas a estar? Allí viví, para qué voy a regresar.
¿Acaso estoy viviendo ayer? Importa ahora, no más, y esto de vivir es una gran aventura. Te acuclillas frente a las chacras a atisbar la sed de las avispas, las dejas posarse en tu mano, después te descubren en el reflejo del agua, saben que eres tú, un hombre; lo más alto y lo más bajo que ha evolucionado en el planeta, Chomp, chomp. (De "Al revés de morir”, Guillermo Thorndike, Fragmento).
El baile a Uruguay —que eso fue— conmocionó al país oriental y al Perú.
Conmocionó al mundo futbolístico de entonces. Uruguay era campeón del mundo, jugaba en su casa, pero...
Todos esperaban, en verdad, un gran partido. Nadie imaginó esta fiesta de quiebres y repiques. Nadie imaginó esta humillación para la gran estrella Gestido. José María oscureció a la estrella. A partir de entonces se convirtió en su sombra. La sombra de Gestido
En noviembre de 1981, José María Lavalle recordó este histórico partido en conversación con Javier Rojas: "Fue en 1930. Recuerdo ese partido con Uruguay. A mí me tocó un marcador blanquiñoso, fuerte, alto. Parecía un ropero de dos cuerpos. Cada vez que yo recibía la pelota, salía el hombre como un toro a buscarme. Entonces, lo único que me quedaba por hacer era cabrearlo, y luego correr con la pelota porque se me venía encima. Yo no me daba cuenta de lo que pasaba, y como lo hacía tan bien, mis compañeros a cada rato me pasaban la pelota. Yo seguía haciendo lo que sabía. Y el blanquiñoso cada vez rugía más. Al final, todos me aplaudían. Al día siguiente del partido en un diario decían: 'Lavalle fue la sombra de Gestido'... Pero lo que a mí más me dolía era que habíamos perdido el partido”
Tampoco lo podía creer el gran Adelfo Magallanes. Tristísimo en su cabeza grande de oso fatigado, vuelan los recuerdos. Julio Quintana, "El Loco" Quintana, lo presentó en 1929, cuando lo llevo al Alianza. También lo presentó a Manguera Villanueva, a Neyra, a los hermanos García, a Juan Valdivieso.
“Me parece verlo dando consejos a los amigos. Siempre fue así. Y siempre hizo chistes. Era muy gracioso, con unas ocurrencias que a muy pocas personas les he conocido. ¿Qué me aconsejaba? Ah, me decía que no tuviera mucho rato la pelota en mis pies. Es decir: que no estuviera cabreando y cabreando sin conseguir nada. Me decía: oye, oye, negro, tú dominas bien el balón, sabes bailar bien al rival, pero debes soltar la pelota, Debes buscar a tus compañeros para que lleguen al arco. Tú también debes hacer goles. No debes conformarte con cabrear a la gente. ¿Cómo era el juego de Lavalle? Tenía el juego de un puntero neto. Del que juega pegado a la raya, corre, salta y pica con la pelota y se proyecta hacia adelante. Siempre pegado a la línea, cuando llegaba al área chica, lanzaba un centro potente para que los centros delanteros, ο cualquiera que venía de atrás, hiciera el gol".
"La jugada más bella de Lavalle y por la cual es recordado por la mayoría de gente, era la que hacía cuando tenía al frente a un marcador. Lo miraba fijamente, sacaba su pañuelo que llevaba siempre oculto en su pantaloneta para limpiarse el sudor, y en medio del asombro del rival se ponía a bailar marinera. Esto no se lo he visto hacer a nadie. Era un negro cachaciento. Yo lo he visto hacer esto en muchas partes. Pero recuerdo cuando lo hizo en Chile, jugando con Manguera Villanueva. Se le acercó un marcador que estaba rabioso, Lavalle sacó su pañuelo y se puso a bailar. Al comienzo, los chilenos se quedaron mudos. Todo el estadio era un cementerio.
Dirían este negro se volvió loco, pero cuando se die ron cuenta de la gracia, el estadio se vino abajo con las risotadas. ¿Cómo era Lavalle? Siempre muy buen sentido del humor y una gran bondad.
Sólo al final de su vida lo notaba triste, pensativo, como hace dos años lo veía triste, pero era por la enfermedad. También lo entristecía que nos peleáramos. Los vi viejos aliancis-somos una tas no deben pelear, decía, porque gran familia. ¿Qué es lo que le dio el fútbol? Nada, absolutamente nada. ¿Su equipo? Nada, absolutamente nada. Para los clubes, los jugadores sólo son obreros que producen una temporada. Y punto.
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| La tumba dónde descansa el ídolo José María Lavalle ha sido reparado y recibiendo los cuidados de la Asociación Cultural Alejandro Villanueva. Fuente: Asociación Cultural Alejandro Villanueva. |
Cuando Lavalle terminó en el fútbol, agarró su camión y se puso a trabajar en la Municipalidad. Cuando se jubiló ¡sólo ganaba cincuenta soles! A él le entristecía el olvido, la ingratitud para con los jugadores de antaño. He dado la vida por el Alianza ¿y qué tengo?, me decía en los últimos años. ¿De qué estaba orgulloso? De su familia, de sus hijos que son buenas personas y que, como él soñó, tienen bastante futuro. Cada diez o quince días caíamos a su casa de San Juan de Miraflores con Juan Valdivieso, que ahora está en los Estados Unidos con sus hijos. ¿con qué futbolista de la actualidad lo compararía? Con nadie. Es muy difícil encontrar un jugador con sus características.
Jugaba pegado a la raya, como ya le dije. Ahora el fútbol es diferente, es mucho más sistemático.
Nadie se compara con Lavalle. Fue y será único. Con su muerte se llevó el molde. ¿Qué equipo del Alianza prefería Lavalle?
Ah, los equipos del treinta, treintaiuno; del treintaicinco y treintaiseis, donde jugaron Juan Valdivieso, Juan Rostaing, Quintana, Filomeno García, Julio García, Domingo García, Lavalle, Villanueva, Neyra, Sarmiento, Magallanes, Montellanos... ¡jugadores eternos!".
*Roldán, Pablo (22 de julio de 1984). José María Lavalle. ¡Quién le quita lo bailado!... La República, pp. 57-59.




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