La herencia de Don José María Lavalle

Mientras Alianza Lima celebra su 80 aniversario arrojando promesas como serpentinas, en el Hospital Dos de Mayo, el último sobreviviente del “Rodillo Negro”, José María Lavalle, dice a GENTE: “Quiero recuperarme pronto para que los míos estén tranquilos o de una vez irme a mejor vida para dejar un de ser una carga”.

Y añade: “Así me tiene aquí esperando cómo es”

Como homenaje al club íntimo encarnado en su mejor época y espíritu por este gran puntero derecho, cuya herencia de picardía y pundonor parece perderse hoy, publicamos una sabrosa Crónica escrita por él mismo sobre una hazaña que cumplió hace ya 50 años.

Creo que acerca del Campeonato Mundial de 1930 en Montevideo, se han escrito toneladas de papel. Y creo también que buena parte de este volumen corresponde a mi enfrentamiento con Gestido, un maravilloso half izquierdo que completó la línea campeona de Uruguay con Andrade y Fernández. Se ha dicho que ese fue mi partido más importante porque le di el gran baile "con marinera y todo".

Nosotros los peruanos, veníamos de perder con Rumania por 3 goles a 1 —en la cancha de Peñarol—. En aquel debut, el cuadro no caminó como esperábamos y por eso don Paco Bru, que tenía a su cargo la dirección del cuadro, nos dijo que nos había faltado "garra". Esto nos preocupó, pues si de algo nos sentíamos particularmente orgullosos era de nuestro espíritu de lucha Creímos entonces que debíamos demostrar a don Paco que también sabíamos lo que era vergüenza futbolística.

Antes de salir a la cancha del impresionante estadio Centenario, los que íbamos a jugar nos hicimos la promesa de dejarlo todo en la cancha, para borrar la mala impresión del debut. Aquel 18 de julio sería memorable. El árbitro chileno Warken nos advirtió que el partido debía desarrollarse dentro de las mejores normas de la competencia deportiva. Y mientras hablaba, Gestido se puso a mi lado observándome con detenimiento. Seguramente me estaba midiendo o calculando mi peso para saber qué recursos debía poner en juego para anularme.

José María Lavalle bailando marinera en la inauguración del estadio Alejandro Villanueva.

Yo me di cuenta de sus intenciones y le puse la mano sobre la cabeza diciéndole: "Anda nomás gauchito ahí nos vemos". ¡Y claro que nos vimos! La "olla" rugía como los mil demonios. Uno solo era el grito: "Uruguay… Uruguay… Uruguay…", y los "celestes" parecían tractores arrasándolo todo. Scarone, Anselmo y Cea trabajaban en nuestro campo como verdaderos maestros, pero Astengo y Galindo se cuadraron fuerte y detuvieron la avalancha.

Yo andaba medio perdido por la derecha. La pelota no llegaba. Casi durante un cuarto de hora estuve de espectador. Hasta que llegó la primera y le saqué el jugo. Gestido vino a mi encuentro como una tromba pero pasó de largo por una finta que le hice. El me dijo al terminar el primer tiempo que había resbalado. Si fue así, pues anduvo a resbalones los primeros 45 minutos.

Para el periodo complementario, don Paco dijo que debíamos cargar el juego por mi sitio, por la derecha, porque yo estaba muy bien y Gestido muy mal. Sabía que lo estaba diciendo para infundirme mayor confianza, pero de todos modos, yo le creí. Entonces ocurrió que no me dieron respiro porque todo iba para la derecha y al promediar la etapa empecé a pararme de puro cansado. Por aquellos tiempos, los pantalones de fútbol tenían un gran bolsillo atrás donde guardábamos o la boina o el pañuelo con que algunos se anudaban la frente para que el pelo no les cubriera la visión.

Por razones obvias, yo no necesitaba el pañuelo para esto porque mi pelo es muy chiquito y dócil, pero me había acostumbrado a cargar el pañuelo para secarme el sudor. Precisamente cuando ya estaba rendido, me paré un poco más allá del medio campo con Gestido muy cerca, y saqué mi pañuelo para secarme el sudor de la cara. Me acuerdo como si fuera ayer, que de repente apareció una pelota bombeada hacia mí. En mi afán de dominarla, inicié la finta levantando los brazos, con el pañuelo en la mano, y Gestido se me vino encima. Yo le di un toquecito con la punta y el uruguayo volvió a "resbalar". Me fui por la banda, saqué el centro y Ballesteros se puso en aprietos para atajar esa pelota con efecto.

Después me enteré que, seguramente por este hecho, un redactor de "Mundial" había descrito la jugada diciendo: "José María Lavalle bailó marinera delante de Gestido". Aquello ha quedado en la historia y confieso que me gusta la forma cómo se recuerda la jugada, pero quiero aclarar que todo lo hice porque palpitaba dentro de mi ese irrefrenable deseo de hacer algo distinto. La casualidad me ayudó pero yo puse lo mío.

Debo reconocer que Gestido fue todo un señor en el transcurso del partido, al margen de las buenas jugadas que me salieron y que podrían haberlo afectado. No hubo de parte de él ninguna actitud descomedida ni la acción revanchista. Creo que gracias a Gestido, ese fue mi mejor partido porque me encontré con un señor. No olvidaré que, cuando abandonamos el campo, derrotados por el único y angustioso gol del "manco" Castro, Gestido vino a mí, me abrazó y me dijo: “Negro… me la diste".

Han transcurrido muchos años del Mundial de Montevideo. Nunca más, después de aquel encuentro, pude encontrarme con Gestido. Lo deseaba, cuando ambos nos retiramos del fútbol, para estrecharlo en un fuerte abrazo y decirle, simplemente: "Gracias, señor…”.

*Gente, Lima, 27 de febrero de 1981, pp. 42-43.

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